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Caña Dulce y Caña Brava, son jarocho para ensamblar en femenino

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La primera vez que escuché en vivo el son jarocho de Caña Dulce y Caña Brava noté que había una energía distinta en el escenario. Ver a esas cuatro mujeres y a un hombre, juntos, resultaba, además de placentero, bello, poderoso y significativo.

Al final de su presentación, ellas zapatearon y él acompañaba con una bella interpretación de jarana: ver sus faldas coloridas como flores ondulando y su sonrisa brillante y orgullosa fue un mensaje que iba más allá del acto del bien bailar.

Adriana Cao Romero Alcalá, Raquel Palacios Vega, Violeta Romero Granados, Anna Arisméndez y Alejandro Loredo son los integrantes de este grupo. Todos tienen diferentes orígenes, edades, talentos y maestrías.

Adriana Cao Romero: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Adriana Cao Romero: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

El origen y los motivos de Caña Dulce y Caña Brava

Mi padre fue cultivando
La tierra a cada minuto
Y la tierra le fue dando
Cariño, calor y fruto
Caña dulce, caña brava,
Caña de azúcar prendida
Que yo soy como la caña
Que va endulzando la vida.
“La Caña”

Adriana y Raquel llevan toda la vida inmersas en este género, que es parte intrínseca de su cultura. La primera nació en el Puerto de Veracruz y aprendió de figuras como Pánfilo Valerio y Andrés Alfonso; la segunda, en Boca de San Miguel, y ha sido parte esencial de Los Utrera y Los Vega, pues pertenece a esta estirpe sonera de hueso colorado. Se conocieron porque Adriana tocó con el abuelo y hasta conoció a su bisabuelo.

Un día, hace una década, vieron una convocatoria para un encuentro de jaraneras en Tuxtepec, Oaxaca, y se les ocurrió ir. La sorpresa fue que no asistieron más grupos de jaraneras sino ellas. Entonces, cuando se unieron a los decimistas, los versadores y el fandango de aquel lugar, cantaron, pues iban preparadas, con versos elocuentes. Fue entonces que decidieron nombrar su sociedad, en honor al son de La Caña, de Patricio Hidalgo. De manera formal, su agrupación nació en 2008 y los demás integrantes han ido uniéndose en el camino.

“Para mí es importante la presencia de las mujeres. En realidad, siempre ha estado en los fandangos, pero no se ha llevado al escenario tanto. Antes, había muchas que cantaban, pero no muchas que tocaban; una es Adriana, que ya tiene mucho tiempo. Ahora, en esta generación de nosotras, sí hay varias mujeres y grupos de mujeres de son jarocho. Es importante, porque también necesitamos ser escuchadas y expresarnos desde nuestra perspectiva, de lo que vivimos. Mucha de la versada que existe es desde el punto de vista del hombre. Nos empezamos a dar cuenta que estábamos cantando versos de hombre, así que nos empezamos a enfocar en hacer los de nosotras, de compañeras que hacen décimas o de compañeros que también nos ayudan a hacerlas, pero desde la perspectiva femenina”, explica Violeta.

Raquel Palacios Vega: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Raquel Palacios Vega: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

La renovación del son: la tradición sí innova y es testigo de su tiempo

Siempre me he distanciado de los juicios de valor sobre el quehacer tradicional, que lo califiquen como algo estático, folclórico y cerrado. En realidad, en muchas de las creaciones de raíz, como la música, las artesanías y la comida, con el tiempo se van aportando y añadiendo más y más saberes, análisis y cambios. La innovación sí existe en el son jarocho y los grupos no suenan siempre igual.

Raquel dice que consideran importante renovar los sones y no solo cantar los versos que ya son sabidos y repetidos. “Como grupo, es importante aportar nueva versada y queremos decir cosas de amor, tal vez, pero también cosas de lo que estamos viviendo, día con día, la vida cotidiana, del momento actual. Creo que es una parte que tenemos que seguir trabajando todos los músicos en general, porque de eso trata la música, de llevar un mensaje también”, agrega.

Anna es de Austin, Texas, de hecho le dicen “Anna la tejana”. Ella conoce la comunidad de son jarocho que hay del otro lado. “Lo que más nos une es la justicia social. Esta música es una herramienta en las protestas y justo por eso se ha difundido en los Estados Unidos. Luego, al venir a México y ver que la música acompaña a la vida en general, en bautizos, en bodas, en funerales, en cada momento… Y también es una forma de revivir la cultura y el lado bonito de lo que compartimos, una plataforma en la que tú puedes decir lo que te nace”, comparte. 

Anna Arisméndez: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Anna Arisméndez: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Letras que inviten a la reflexión y el respeto

Cuestionar lo que escuchamos y creamos es válido. Para Caña Dulce y Caña Brava la exploración del contenido en sus letras es importante. “Yo escuché un verso que decía Quien le pega a una mujer no tiene perdón de Dios. No tiene perdón de Dios si no le pega otra vez. No me pareció chistoso, aunque todos se reían. Entonces, no quiero hacer esos versos. Quiero hacer unos que dignifiquen a la mujer, que le digan cosas bonitas, que le digan cosas valiosas, no eso”, enfatiza Adriana.

Ella narra que han usado el son jarocho como herramienta para acompañar movimientos de mujeres, pues están cansadas de que la mujer sea violentada de diferentes formas. “El son no es la única forma, van otras bandas, rumberas y gente que usa la música como manera de manifestarse. Entonces, creemos que el son jarocho no está fuera de eso. Lo hemos usado fuera de México y dentro de él”, opina.

En Caña Dulce y Caña Brava respetan la tradición e improvisan y agregan alguna adecuación con mucho respeto y sin ser panfletarias: no usan esto para llamar la atención. “Queremos aportar cosas positivas, que valen la pena. Tratamos de estar y dar nuestra voz, porque la mujer siente diferente y puede hablar de la vida, de la naturaleza, del amor. Le puedes decir al hombre cosas muy bonitas, muy importantes, y no nada más esperar a que te las digan ellos. Uno tiene que tener voz propia”, añade.

Aprender del fandango y la oralidad

Pescador y navegante, salgo cuando veo alborear
Salgo cuando vea alborear, pescador y navegante
Pescador y navegante, salgo cuando veo alborear
Salgo cuando veo alborear, pescador y navegante
Un oleaje apasionante me conduce sin dudar
Y siendo Dios por delante, lanzo mis redes al mar
Un oleaje apasionante me conduce sin dudar
Un oleaje apasionante me conduce sin dudar
Iza marinero iza, iza para Veracruz
Si una vela se me apaga, tus ojos serán mi luz.
“El Balajú”

Muchos de los soneros aprenden con sus abuelos, en el fandango y en la comunidad. Si bien ya hay academias o maestros interesados en documentar y enseñar las letras y la música tradicional, la oralidad y el aprendizaje empírico son naturales en diferentes poblaciones en nuestro país. El arte proviene de muchos rincones y contextos. Por ejemplo, Raquel aprendió desde niña con los suyos y Violeta llegó gracias a su amor por la danza.

“Yo creo que aunque no fuimos a la escuela, aunque no sepamos leer una partitura, sabemos de la música y la sentimos. Por ejemplo, mi primer maestro me decía: “Este son es de dos por dos y este es cuatro por cuatro tiempos”. Y luego “Re, mi y do, y así”. Me decía: “Ya tú varéale, cambéale”. De esa forma, fui aprendiendo y escuchando a otros. Creo que soy música porque sigo un ritmo y un sentimiento y hemos convivido con musicazos, gente que sí ha estudiado, músicos de jazz que nos valoran. Aunque no haya ido a la escuela, estamos dando algo que los músicos damos: una contribución del corazón al corazón”, opina Adriana.

Anna cuenta que de niña tocaba guitarra clásica, trombón, violín y leía partituras, pero encontró el son y se clavó. Los nombres de los tonos no le servían tal cual en las comunidades, porque ese no es el lenguaje que ahí se usa, ya que para ella es una música que uno aprende gracias al convivir con los demás. Llegas y ves a los viejos logrando algo complicado, con afinaciones antiguas y aquello de lo que solo se aprende con la observación.

Violeta Romero: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Violeta Romero: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Hacer equipo y tener su propia personalidad

Los integrantes de Caña Dulce y Caña Brava tienen discursos de inclusión, de humanismo. “Esta agrupación, en la que ahora somos cinco, me gusta mucho. Además, no excluye a los hombres, porque no estoy en contra de ellos: a mí me han tratado bien en la vida. Tengo dos hijos y valoro mucho al sexo masculino. Y pues el día que necesiten un grupo exclusivo de mujeres, ¡que busquen otro!”, expresa Adriana.

Ella acepta que en su época había muy pocas mujeres en el son, pero que hoy en día está satisfecha de a qué suenan, qué proyectan y qué sienten todos sus integrantes. Alejandro es el director musical, lo respetan y las respeta. “Eso es lo que debe de ser en la vida: no son solo hombres ni solo mujeres, es una combinación de sexos. Lo que sí es que en este proyecto le damos una voz, una calidez y una diferente interpretación de lo que hacemos”.

La música tradicional latinoamericana hecha por mujeres y las compositoras o intérpretes son un tema prolífico en el cual hay que ahondar. Escuchar a solistas o agrupaciones como Las Perlas del Son, Mariana Carrizo, La Yegros, Mariela Condo, Luna Monti, Laura Murcia, Juana Molina, Totó la Momposina, Petrona Martínez, Toña la Negra, Celeste Mendoza y más ayuda a poner en perspectiva nuestro mapa musical en femenino, que se construye en equipo.

Alejandro Loredo: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

Alejandro Loredo: Caña Dulce y Caña Brava Foto: Mariana Castillo

¿Hay algún son que les represente algo muy especial?

Dicen que todo se parece a su dueño, y ellas compartieron cuáles sones son los que más disfrutan tocar o escuchar:

Raquel: “El Cascabel. La verdad, porque es el son preferido de mi abuelo y puedo estar así en el fandango, allá en lo lejos y otras cosas. Y si escucho que lo están tocando voy a bailarlo porque me gusta mucho. Bueno, y también para cantarlo, porque puedes hacer mucho con tu voz y también puedes percutirlo. Es muy completo”.
Anna: “Para mí, actualmente, es El Toro Sacamandú. Es mi son favorito para tocar, porque es bravo. Es que el ritmo que trae me mueve y me encanta bailarlo también”.
Adriana: “Yo también tengo muchos, pero el que me gusta mucho del alma es La Indita, porque me recuerda mucho al tiempo al que yo iba a Santiago Tuxtla, con los viejitos, que eran mis compañeros de parranda, con Isaac, con Cachurín, con todos ellos. Lo tocaba en su requintito y a mí me encantaba. El Balajú era uno de los que más le gustaban a mi maestro Andrés Alfonso”.
Violeta: “¡Qué difícil, se me arruga la panza! Uno que me gusta mucho es El Cascabel, pero puedo decir que El Siquisirí es uno de los que más me gusta; a lo mejor porque es muy alegre y con él se empiezan los fandangos y la versada es muy particular. Lo oigo y me emociono siempre”.

Facebook: dulceybrava

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