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Hans Backhoff Escudero siempre ha creído en el vino mexicano

Hans Backhoff Escudero creyó en el vino mexicano cuando pocos apostaban por él. Sabía que era cuestión de tiempo que vieran su potencial. Este ingeniero en bioquímica y enólogo originario de Ensenada, Baja California, fundó la vinícola Monte Xanic en 1988 con cuatro de sus amigos, Manuel, Tomás, Eric y Ricardo. Su primera cosecha apareció ese año: 6 mil 200 cajas de Chenin Colombard y mil 200 de Cabernet Sauvignon.

Su Chenin Colombard es un hito en la historia del vino mexicano. El primer año que Backhoff lo elaboró se excedió con las temperaturas bajas pues quería un vino ultra aromático. Agregó una pizca de Colombard pues él quería honrar esa cepa. Añadió dióxido de carbono en la parte superior y obtuvo un espumoso que también tenía azúcar residual. Fue un elixir fragante en nariz y picante en boca que desde el inicio tuvo tanto detractores como defensores. Por fortuna, hoy en día es de las cartas fuertes de la casa.

Confianza en México

“Alguna vez un juez en un concurso me dijo que la mejor muestra de que un vino es digno de una medalla es que estás dispuesto a tomarte dos o tres copas”, cuenta este caballero que siempre tiene una buena charla y al que no se le debe temer preguntar pues con paciencia y agrado responde dudas y enseña de temas que van más allá de las vides.

“Nosotros confiamos en el mexicano siempre. Tenemos buen gusto en la pintura, en la música y la comida. Era claro que el mundo del vino iba a cambiar tarde o temprano”, expresa Backhoff quien heredó la estafeta de la dirección a su hijo quien le ha dado ese toque de modernidad a la empresa y está seguro que la tecnología es una herramienta aliada para lograr grandes bebidas que destacan a nivel mundial.

“La vinicultura es una ciencia, pero la viticultura es aún más importante pues todo empieza con una buena cosecha, no al revés. Una uva mala nunca tendrán un buen vino”, enfatiza. Él conoce sus vides como la palma de su mano. Son como hijas que han crecido y siguen dando frutos.

Un mundo de apasionados

Backhoff dice que este mundo es un estilo de vida al cual una vez que te metes no te puedes salir tan fácil pues es absorbente y de paciencia, pero que te llena como ser humano. Además, asegura que es una industria donde todos son unidos y existe buena relación de compañerismo. Eso no se ve seguido.

“Mi papá era un hombre muy metido en la pesca. Trabajaba con cadáveres y yo con seres vivos a los que les pongo Beethoven para que se pongan contentos. Yo inicié el negocio del vino porque había potencial. En aquel entonces no había un vino blanco decente y los tintos eran una porquería. Llegamos con la idea de revolucionar, le apostamos al buen gusto del mexicano. Y al parecer no nos equivocamos”, finaliza.

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