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Historia de los alebrijes: seres fantásticos creados por Pedro Linares

A unas cuadras del Mercado Sonora, en la colonia Merced Balbuena, se encuentra la casa de la familia Linares. Con solo escuchar su apellido, los vecinos dan santo y seña de cómo llegar. Y es que son muchos los curiosos que han acudido para escuchar, en voz de uno de los moradores, la historia de los alebrijes que inició en este lugar.

Luego de tocar el timbre, Leonardo Linares, con manos y ropa salpicadas de pintura, me recibe. La charla inicia en el tercer piso de la casa, donde se encuentra el taller.

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El taller de Leonardo Linares está lleno de alebrijes. Foto: Claudia Aguilar

El lugar está repleto de botes de pintura, rollos de papel, un “Judas” (enorme muñeco de cartón que es quemado el Sábado de Gloria). También hay figuras como calacas y esqueletos en diferentes procesos de elaboración: algunas con las primeras capas de papel maché, papel de china y periódico; otras, están al sol para que la pintura de acrílico de colores vibrantes se seque. El taller revela la actividad que la familia ha practicado con apego y entrega desde hace más de 70 años: la cartonería popular.

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Algunos de los materiales que el maestro artesano tiene en su taller. Foto: Claudia Aguilar

Nos sentamos muy cerca de la mesa de trabajo del maestro cartonero, donde, por cierto, descansan algunos de sus trabajos. Ahí, Leonardo recuerda la alucinante anécdota de su abuelo, Pedro Linares López y narra cómo fue que a este se le ocurrió crear aquellas figuras fantásticas que se distinguen por su colorido y la fusión de rasgos de diferentes animales:

—Mi abuelo visualizó los alebrijes en 1936. Enfermó y se puso muy grave por una úlcera gástrica. En ese entonces, él vivía en extrema pobreza así que no pudo llevar un tratamiento completo. Después de un tiempo, entró como en un estado de coma y fue en este lapso cuando imaginó a los monstruosos seres.

El nombre, dice Leonardo, las mismas criaturas se lo dieron a su abuelo. Todas le gritaban una palabra que antes no había escuchado. Cuando por fin pasó lo peor, Pedro tomó un tiempo para recuperarse y darle forma a su pesadilla (más bien una revelación).

—Nos contó que en su sueño había visto un burro con alas y lengua de fuego, una serpiente con patas de gallo y pelo en vez de escamas, un león con cabeza de perro y cola de dragón. Y que estas criaturas le gritaban “¡alebrijes!”, “¡alebrijes!”. Cuando él logró salir de la cama, se puso a hacer estas piezas tal y como las vio, es decir, muy feas.

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Él es Pedro Linares. Foto: Claudia Aguilar

Según Leonardo, las primeras eran como leprosas, descarnadas y cadavéricas; horribles. Eran grises, no tenían colores. Pero su encanto era precisamente ese. Luego de que terminó las primeras piezas, por ahí de 1947, salió a venderlas. Era Semana Santa, principal temporada de venta para los juderos (así se les llamaba antes a los cartoneros).

Al principio a la gente le daban miedo porque no entendían qué eran esas cosas. Él único que le compró estas piezas, porque se salía de todo parámetro en la cultura y el arte popular, fue Diego Rivera.

—Los alebrijes pasaron al Museo Anahuacalli. Y desde entonces, Rivera mantuvo contacto con mi abuelo —explica el maestro cartonero y para comprobar lo que dice, busca en su biblioteca álbumes de fotos de su abuelo y de los alebrijes que han viajado a varios museos.

No las encuentra, pero en su lugar me muestra el libro En Calavera: The Papier-Mache Art of the Linares Family que documenta el gusto del muralista por los alebrijes de Pedro. Ya entrados en sus archivos, Leonardo pasa a algunas fotografías que muestran el cambio que han tenido los alebrijes:

—Los alebrijes fueron evolucionado. Al ver que pasaban los días y no se vendían, mi abuelo tuvo que hacerles modificaciones. No perdieron la esencia grotesca que les caracteriza. Pero les empezó a meter colores vivos, chillantes y los decoró como lo hacía con los judas, con un poco más de palmeado (técnica) y grecas. Con el paso del tiempo, sus clientes venían a la casa-taller y escogían los alebrijes que se iban a llevar. También los compraban con otros juderos. Mi abuelo se los daba para que los vendieran en sus puestos.

Antes de los alebrijes —continúa—, él trabajaba cartonería de temporada, es decir, según las fechas hacía calaveras, iglesias, padrecitos de garbanzo, calaveras vaciladoras. Era de la segunda generación de su familia que se dedicaba al oficio de cartonero. Mi abuelo comenzó con el arte del cartón a la edad de 12 años. Fue su papá quien le enseñó la alfarería. Aquí aprendió a hacer moldes de barro y a armar las figuras. Adoptó este oficio como estilo de vida. En cambio, su labor como judero, solo lo hacía por temporadas. Tras la creación de los alebrijes, se dedicó a la cartonería durante todo el año. Y es que el alebrije es atemporal —finaliza Leonardo.

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Y él es Leonardo Linares. Foto: Claudia Aguilar

Pedro Linares revolucionó el arte popular con sus figuras fantásticas, hoy un icono mexicano. Sus alebrijes muestran las formas que le venían a la cabeza y después fusionaba. Son seres que a él le hubiera gustado que existieran. ¿Un burro con alas?, ¿por qué no? Cualquier cruce entre animales y bestias legendarias él lo permitió.

Pedro Linares hizo posible lo imposible con mucho cartón, pinturas de colores e imaginación. Hoy, sus alebrijes siguen presentes gracias a su hijo Felipe, su nieto Leonardo y más familiares que no se cansan de inventar y crear, como decía Pedro, “figuras feas, muy horrorosas, pero al mismo tiempo muy bellas”.

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